El régimen de partidos es de esencia profundamente antinacional y disociadora. Ni aún una quimérica colaboración unánime de todos los grandes grupos

partidistas en que en estos momentos se divide la opinión política del país, tendría la virtud de devolver a la acción del gobierno la base nacional que le hace falta. Porque ninguno de esos organismos contiene, aunque sólo sea en germen, la expresión de la nacionalidad chilena.

Los partidos conservador y liberal representan la mentalidad política y los intereses de clase de la plutocracia, hecho que por sí solo excluye toda posibilidad de que puedan encarnas el sentir nacional, fundamentalmente antioligárquico y antiplutocrático. El partido radical no es la expresión de ningún sentimiento definido del pueblo. Sin constituir propiamente un partido de clase, reúne, sin embargo,características muy similares a las de los partidos plutocráticos, de los que no viene a ser, en definitiva, sino una proyección sobre la clase media. La mentalidad radical es también plutocrática y antipopular, característica que no ha perdido por el hecho de haber aliado circunstancialmente dicho partido a los partidos socialista y comunista. Por lo que respecta a estos dos últimos grupos, son ellos, por doctrina, fundamentalmente clasistas. Es así como el partido socialista carece de una concepción nacional de la política y si bien actúa doctrinariamente en un plano antioligárquico y antiplutocrático, lo hace oponiendo a un concepto de dominación clasista — el de la plutocracia — otro concepto de dominación igualmente clasista — el del proletariado. Lleva, pues, involucrada, la concepción antioligárquica del partido socialista, un nuevo germen oligárquico, el que, por su naturaleza, es contrario a una genuina concepción nacional del Estado. Finalmente, el partido comunista, además de adolecer de la misma limitación del partido socialista, acumula sobre sí la agravante de ser un conglomerado sometido a directivas internacionales, característica que lo califica como entidad antinacional por excelencia.

 

Resulta así que los cinco grandes partidos en torno a las cuales gira en estos momentos la actividad política del país y que, por ende, condicionan el gobierno de la República, son de esencia antinacional. Jamás una alianza de algunos e incluso de todos ellos podrá, pues, tener la virtud de dar al conglomerado así constituido una expresión nacional.

 

Aun cuando, superficialmente considerado, cada uno de estos grupos corresponde a una parte de un todo — plutocracia, clase media y clase obrera — en el fondo ellos defienden y representan intereses estrictamente locales y fraccionarios, que por su naturaleza son opuestos al interés de la nación propiamente tal.

 

La nación no es una simple yuxtaposición de intereses individuales o de clase, sino que un todo indivisible, colocado por encima de dichos intereses particulares y que, por lo tanto, no está legítimamente representado por ninguno de ellos ni tampoco por todos juntos. En su calidad de organismo vivo, dotado de funciones y finalidades propias de existencia, no puede la nación ser concebida como una vulgar agregación de grupos sociales que actúan divergentemente, por la misma razón de que no es dable concebir al ser humano como una mera unión física de los órganos que integran el cuerpo del individuo. Para que el cuerpo social adquiera la forma orgánica de una nación, debe estar dotado de un contenido vital superior al de sus componentes, contenido que sólo puede serle infundido por un espíritu colectivo que, superando las diferencias y rivalidades de clase, aúne la conciencia social en una sola gran finalidad común de superación y de mejoramiento material y moral. Esta circunstancia explica por qué conglomerados al estilo del Frente Popular no podrán jamás representar una verdadera tendencia nacional de gobierno Aún prescindiendo de su raigambre comunista, dicho conglomerado no pasa de ser una agrupación heterogénea de doctrinas y de intereses contrapuestos, exenta de una “alma” que dé unidad espiritual al conjunto. Y es precisamente la existencia esa “alma” colectiva no sujeta a contingencias tácticas ni a cálculos electorales o de otra índole, lo que constituye la esencia de la concepción nacional de la política.

 

Jorge Gonzalez Von Marees – El mal de Chile

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