A Sarmiento, Alberdi -entre otros- inquieta la ignorancia popular. La identifican con el analfabetismo. Reflexionan, si emitir el sufragio exige leer y

escribir la masa queda excluida y la democracia se convierte en burla. De allí el esfuerzo de estos personeros del XIX por el abecedario, los silabarios y los métodos de lectoescritura. El lema es "educar al soberano". La meta, incrementar el cuerpo electoral. 

 

En función de dicho esquema la elite tendrá que compartir el poder con la chusma, secularmente, sumida en la barbarie. Entonces se fundan Escuelas Normales para preparar docentes y se instituyen establecimientos hoy denominadas de "educación básica". El aprendizaje de la lectura y la escritura se torna compulsivo por las Leyes de Instrucción Primaria Obligatoria.

 

Este "analfabetismo clásico" retrocede en la pasada centuria. Chile baja del 60% de iletrados a un 5%. Sin embargo se detecta, que el ciudadano  une letra con letra y silaba con sílaba, pero la palabra no se convierte en imagen. La comprensión de lo leído es nula. De remate, el léxico usual empequeñece, florecen muletillas, la dicción penosa y la ortografía, deplorable. Surge el "analfabetismo funcional".

 

Desde otro ángulo, son millones los adolescentes privados oficio, es decir, de herramientas para ganarse la vida. Como nunca antes, están repletos de expectativas. La TV les estimula hasta el paroxismo el apetito de manjares, fiestas, mansiones, vestuario, amoríos, turismo,,, Es afán consumista que las familias y el Estado no pueden aplacar. Padecen de frustración. Los aqueja el "analfabetismo tecnológico".

 

Abominan del oficio del padre y siempre solicitan se les brinde "oportunidades". Ojalá ingreso a la U. El antídoto podrían ser los planteles técnicos, No obstante, estos son tachados de "ordinarios".  Los subvalora la ciudadanía. Las autoridades les restrigen su atribución profesionalizadora. No hay cortapisas al ancestral desprecio por las manualidades. 

 

Prof. Pedro Godoy P.

Centro de Estudios Chilenos CEDECH

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